Blog de fotografía alternativa y demases.

Archivo para octubre, 2009

Médico.

Hoy fui al médico. La bicicleta, rota desde hace unos días, está botada en la casa de una amiga, así que caminé hasta el Centro de Salud Familiar (CESFAM) más cercano, en la comuna de Ñuñoa. Llegué y me preguntaron que qué previsión tengo y le dije que ninguna y me dijeron que les pagara diez mil pesos y les dije que no. La solución que me dieron fue sacar un carné de indigencia que se demoraba una semana en estar listo, a lo que yo les respondí que en esa semana seguramente ya me iba a haber mejorado solo. El viejo me miró con cara de nada y yo le dije muchas gracias mientras empezaba a irme de ahí.

Así que caminé al Servicio Médico y Dental (SEMDA) de la universidad. La enfermera, que me había recomendado ir al CESFAM el día anterior, me miró las amígdalas de nuevo y me dijo lo mismo que ayer, que estaban blanquecinas y que podía convertirse en una enfermedad un poco más grave, así que era mejor tratárselo como fuera antes que esperar que se pasara solo. Me mandó al Semda central, allá, en la escuela de medicina, en el hospital J.J.Aguirre y tuve que conseguirme un Pase Escolar antes de partir. Costó un poco, pero el Mario me lo prestó con la promesa de que volviera a entregárselo antes que el sol se escondiera detrás de la Cordillera de la Costa.

Hice un pésimo camino hacia allá. Salí del campus a las 14:24 por Las Palmeras, doblé por Macul hacia Grecia y poco antes de llegar a la esquina apareció una micro casi vacía que me dejaba en Providencia. Me senté cerca del chofer y esperé. Estuve a punto de bajarme en Bilbao para hacer otro camino más raro, pero me dio lata. Llegué a Providencia y tuve que cruzar desde el paradero de la 104 hacia los que están al lado del Dominó nuevo que hay en la esquina con Suecia. Tomé una micro, cuyo número de recorrido no recuerdo, hacia el centro. Frente a mí, al fondo del ómnibus, había dos mujeres, de algo así como 17 y 22 años, hermana o primas o amigas de la infancia. La menor mantenía a la otra bien aburrida contándole problemas matemáticos de la PSU, o refiriéndose a anécdotas históricas de la colonia chilena. Se callaron cuando una mujer de unos 50 años se sentó al lado. Era gorda, y daba la impresión de que ocupaba dos asientos para acomodarse. Por eso, me dije, las jóvenes se callaron, porque la vieja usaba dos asientos.

Me quería bajar en Mac Iver, pero el ridículo sistema de transporte público obliga a ese recorrido a no detenerse entre Portugal y el paseo Estado. Caminé, entonces, de vuelta esas 3 cuadras y llegué a la esquina de Santa Rosa con la Alameda. Fijándome un poco en los recorridos que tenían parada ahí, noté que ninguno me servía. Vi una micro que pasaba (creo que era el recorrido 404), que decía bien grande “Huechuraba” y decidí que necesariamente se iría por Recoleta o por Independencia, ambas buenas opciones para mí. Tuve, eso sí, que caminar cuatro cuadras más para encontrar un paradero.

Me senté al fondo, en el asiento de la izquierda mirándolos de frente. Era una mala idea porque las veces que había ido a la escuela de medicina había llegado en metro a la estación Cerro Blanco y caminado por Santos Dumont hasta Independencia, y la salida del metro está por la vereda poniente de Recoleta –calle por donde se fue la micro- mientras que yo iba mirando hacia el oriente. La micro iba silenciosa.

Sentado en el asiento de en medio, al fondo, a sólo un asiento de distancia a mí, iba un caballero (no sé cómo más nombrarlo) de chaleco gris que sostenía un paquete medianamente grande envuelto en bolsas de supermercado y éstas en huincha de embalaje. Yo iba mirando por la ventana, viendo únicamente edificaciones que no conocía, cuando se subieron dos raperos. Hablaban a gritos. Primero pensé que estaban vendiendo algo, pero al mirarlos descubrí una conversación acerca de si bajarse donde los chinos, al lado del supermercado o en frente a la casa del Yoni. Estaban decidiendo eso mientras los miraba. La micro estaba detenida y ellos discutían y discutían. Cuando el bus iba a retomar el viaje noté que era la parada donde debía bajarme, y, poniéndome de pie tan rápido como pude, pasé frente a uno de los raperos, que amablemente tocó el timbre y puse su pie de tope a la puerta, que estaba cerrándose. Fuertemente gritó “¡Puerta!”, el chofer (que era muy amable; saludaba cariñosamente a cada pasajero) frenó en seco. Sentí la mano del rapero en mi espalda, empujándome levemente, ayudándome suavemente a bajar del vehículo, y di un pequeño salto. Ni siquiera me di vuelta a agradecérselo, y estoy casi seguro que habría estado de más.

Caminé, entonces, por Santos Dumont. Me gusta caminar por ahí porque siempre van pasando cosas. Además del comercio que hay al lado sur, y del Cerro Blanco que comienza al lado norte de la calle, caminan cotidianamente estudiantes de la escuela de medicina hacia –o desde- el metro. Un grupo de ellos iba comentando que México era cabeza de serie para el mundial, pero que Holanda no. Aunque quisiera, nunca usaré la expresión ‘cabeza de serie’ con tanta propiedad como ellos, que se miraban y asentían mientras uno hablaba.

Por el borde del cerro, la Municipalidad de Recoleta instaló una especie de parque, con juegos infantiles y todo. Habría caminado por ahí de haber sabido que tenía salida por el otro lado, pero no lo sabía, así que caminé por la vereda del frente, para poder apreciar los jardines con más perspectiva. Para armar algunas partes de la quinta, se había tenido que mover tierra y construir murallas. En ellas hay carteles que dicen “Peligro Rodados”, y, justo debajo de los carteles, bancas de plaza para que las viejas le den pan picado a las palomas. No había viejas en las bancas, ni niños en los juegos. Por suerte, eran las 3 de la tarde y el calor molestaba.

Caminando por Santos Dumont desde Recoleta hacia el poniente uno se encuentra sólo con dos calles importantes. La primera es Avenida la Paz, que empieza cerca de la Estación Mapocho, al lado del Río, y se acaba en el Cementerio General, sólo una cuadra más al norte de Dumont. La segunda calle es Independencia, que empieza casi junto con Avenida la Paz, y va separándose de ella poco a poco, pero sigue su camino, creo, hasta Américo Vespucio, sino más allá. Los territorios de la escuela de medicina de la universidad, más los del hospital, el SEMDA central, algunas canchas de fútbol y quién sabe qué más, son enormes. Van por la vereda norte de Santos Dumont, ocupando todo lo que está entre Independencia y Avenida la Paz, sin falta. Para atrás, eso sí, no sé hasta dónde llega. Sé que está la Morgue, y que el cementerio empieza un poco después. Pero el terreno es grandote y tuve la oportunidad de perderme un rato.

Una de las entradas al hospital está por Avenida la Paz. Al frente está el Centro de Internación Psiquiátrica Estudiantil de la universidad. Una cuadra más al sur está la escuela de odontología. Entré por urgencias porque me acordé que la enfermera había mencionado esa palabra. Caminé hasta ahí y me paré en una especie de cola que había tras un hombre tras un vidrio. Vi que había otro hombre tras un vidrio haciendo nada y le fui a decir que yo estaba ahí. Me mandó a sacar número. Había cuatro opciones en una pantalla que uno tocaba e inmediatamente te imprimía un papelito. No me acuerdo de las otras opciones, pero apreté una que decía ‘Adultos’ y me soltó un papel que decía ‘A 059’. Era raro ese sistema, que me costó un rato entender. El siguiente que apretó adultos recibió un papel que debe haber dicho ‘A 060’, pero a quienes apretaban los otros botones les salían otras letras y otra correlación numérica. Cuando tomé mi número, el contador iba en la A 056, y pensé que me iban a atender de inmediato. Pero el siguiente número fue el C 012. y el siguiente el L 005. Así que en vez de esperar tres números tuve que esperar como 15.

En ese rato decidí averiguar qué era eso del SEMDA central. Salí de la salita y le pregunté a un guardia, que me mandó a salir a Avenida la Paz y entrar por la puerta siguiente. Lo hice y me encontré con un edificio que decía “Vicerrectoría de asuntos académicos” (o algo así). No supe qué hacer, pero entré igual. Una vez dentro vi varios carteles colgados al techo que decían cosas relativas al SEMDA y me acerqué a hablar con una señorita que estaba en el mesón. Me paré frente a ella y la saludé. No me miró. La miré yo y vi que tenía un gran audífono en su oreja izquierda, del que se desprendía un microfonito. La miré otro poco y miré alrededor, topándome con la mirada de un hombre que se notaba con muchas ganas de atender a alguien. Me le acerqué y le pregunté si aquel edificio era el SEMDA central. Me dijo que sí y, cuando empezaba a explicarle mi problema en la garganta, me interrumpió diciéndome que sólo tenía horas médicas para el lunes. Era viernes, y yo quería empezar a medicarme lo antes posible, así que le pregunté si en urgencias, como estudiante de la universidad, todo sería gratuito. Me dijo que sí y él se despidió amablemente de mí.

Volví a la sala de urgencias y los números recién iban en el A 057. Me senté a esperar, sin nada que leer, sin entretención más que observar a mi alrededor. Eso hice. Había varios niños, corriendo por ahí y con sus respectivas mamás retándolos. Yo las miraba feo cada vez que una retaba a uno. Hubo una a la que miré feo un buen rato. Su hijo, que se llamaba Sebastián, lo estaba pasando bomba con su hermana Francisca, corriendo para allá y para acá, pasando entre la gente, gritándose cosas y todo. Tendrían unos 9 y 11 años. No sé por qué, pero la mamá quería que ambos niños estuvieran siempre sentados a su lado, sin moverse. No lo lograba, claro. Los niños salían por la ventana y entraban por la puerta, pasaban por debajo de los asientos, se gritaban cosas de un lado a otro de la sala. A mí, por lo menos, no me molestaban en lo absoluto, pero la señora, aquella, estaba desesperada. Creo que podía estar pensando varias cosas. Una sería que sus hijos no fueran a caerse y pegarse; otra que se avergonzaría si a alguien le molestaban los gritos; otra que podrían empujar y botar a un viejo por ahí… ninguna, a mi juicio, tenía mucho sentido. De pronto le gritó a Sebastián. El niño corrió a preguntarle que qué pasaba y ella se limitó a decirle “¡Siéntate!”. Se sentó y la miró como preguntándole qué necesitaba de él. Ella le dijo que se quedara sentado y él le dijo que no y se paró, pero ella lo tomó del brazo y lo sentó. Estuvieron en eso un rato hasta que le agarró un mechón del pelo y lo tironeó un poco. El niño la miró feo y creo que la insultó, porque inmediatamente después le tomó la oreja y lo levantó unos centímetros del asiento.

“Vieja de mierda” estaba pensando cuando salió mi número en la pantalla, que no sólo mostraba el número sino también emitía un pitido varias veces seguidas, para que todos los presentes lo observen. Me acerqué al hombre tras el vidrio y le comenté brevemente mi problema en la garganta, interrumpiéndome éste con la petición de mi carné de identidad. Le dije que era estudiante y le pasé ese carné también. Los tomó los dos y los fotocopió, sin mirarme. Después volvió y me hizo anotar mi nombre, mi rut y firmar. Lo hice y me dijo que tomara asiento, que me iban a llamar. “¿Cuánto se demora?”, pregunté, y él, mirándome a la cara por primera vez, me dijo, así como al pasar, “no… si están pasando rápido”. Conforme, me senté.

Eso fue exactamente a las cuatro de la tarde. Cincuenta minutos después estaba cansando de estar ahí. Lo más triste que vi fue a una anciana, sobre una camilla, siendo paseada, desnuda, tapada con una frazada al sol, por el patio. Preferí no mirar a dónde la llevaban. Sebastián y Francisca tenían unos billetes de plástico. A la mamá, al parecer, se le olvidó el enojo, y la niña ordenó los billetes en la ventana, por dentro. Mientras lo hacía, Sebastián se paró afuera y le dijo que tenía un vale por doce mil pesos. La niña, sin mirarlo, le dijo que el banco todavía no estaba abierto y me miró de reojo. Yo estaba a sólo un asiento de la cajera y le sonreí. El niño se dio unas vueltas e intentó robar unos billetes. Pero Francisca era mucho más viva y se los quitó de la mano casi sin que él se diera cuenta.

Yo me paré, ya choreado de la espera y le pregunté al hombre tras el vidrio cuánto más se iban a demorar. Me mandó a hablar con el portero, aquél hombre de azul que estaba justo al otro lado de la puerta donde se atendían los pacientes. Fui y le pregunté. Éste fue a buscar una bandeja con hojas y me dijo que era el siguiente, que apenas se desocupara un ‘box’ me iba a llamar. Me miró y me dijo mi nombre completo. Después me repitió rápidamente que apenas se desocupara un ‘box’ me iba a llamar.

Salí y me paré en diferentes lugares de la sala de espera. Francisca y Sebastián se habían aburrido del banco y estaban mirando a una guagua que estaba en un coche. La miraban un poco, se reían, y salían corriendo. Yo me senté cerca de la mamá, que respiraba fuertemente tratando de contener su rabia, se comía las uñas, se miraba en un espejito, miraba la hora en su teléfono. Desesperada.

Me dio un poco de calor, así que abrí la ventana que estaba detrás de mi asiento. Era la misma ventana en la que los niños habían jugado al banco, pero ahora estaba cerrada, pues estaba abierta justo detrás de la mamá. Entonces, al abrirla un poco de mi lado, se cerró un poco del otro. Apenas lo hice noté la mirada de Sebastián sobre mí, más preocupado que enojado. Me miraba y se acercaba a la ventana, por su lado. Yo me hice el desentendido y esperé a que la cerrara, a ver si se atrevía. Lo hizo, y yo rápidamente lo miré a los ojos, luego miré a la mamá, y lo miré a los ojos de nuevo. Él me miraba mientras yo lo miraba a él y a su mamá. Le susurró algo al oído a la señora y esta me miró con cara de nadie. No estaba contenta ni enojada conmigo, no le importaba nada que yo estuviera ahí o no. Me miró y le gritó al niño que se sentara. Vieja de mierda.

Finalmente me llamó el portero, a eso de las 17:10. Me acerqué y me condujo a un ‘box’, el número 2. Me dejó ahí y se fue, y yo me quedé ahí, mirando las cosas. Había una máquina que parecía poder imprimir boletas, la camilla, una mesa-bandeja de metal y una escalerita para subirse a la camilla. Dejé el chaleco que tenía en la mano encima de la camilla y me apoyé en ella. En eso entra un hombre grandote, sudoroso. Me pidió que me acostara. Yo le dije que sólo quería que me vieran la garganta, y él me dijo de nuevo que me acostara, así que me acosté. Me pasó un termómetro y me pidió que me lo pusiera en la axila. Apenas hecho, tomó mi brazo y me puso una banda que se inflaba para medirme la presión. La banda estaba conectada con un aparato que tenía ruedas, abajo, y luces y botones, arriba. El gordo iba caminando de box en box poniéndole eso a la gente y anotando cosas en unas hojas. Mientras lo hacía me preguntó qué cosa estudio y en qué año voy. Fue todo lo que hablamos. Después salió del box, cuya cortina estaba abierta, y anotó algo en una pizarra. Lo anotó al lado del número dos, así que pensé que se trataba de mí.

Me quedé acostado, incómodo, un rato, de nuevo sin saber qué hacer. Me habían llamado al celular mientras se me tomaba la presión, pero lo había puesto en silencio, y me había sacado el banano, para acostarme más cómodo. Al rato me senté. Después me paré y me asomé al pasillo. Había seis otros box cercanos. Cuatro al frente y uno a cada lado del mío. En los del frente uno tenía la cortina cerrada, y en el otro había un hombre acostado, con el brazo sobre la frente, y el otro extendido a su lado y conectada su vena con una bolsa con un líquido transparente. Los otros dos estaban detrás de una puerta, y sólo supe que entró una anciana en camilla. Al fondo, a la derecha, estaba la puerta hacia la sala de espera, con el portero sentado al lado. Un poco más acá, otra sala con cuatro box más. También había, en el pasillo hacia la sala de espera, una mesita angosta con un teléfono, la bandeja que el portero había tomado hace un rato, papeles varios y un diario mural sobre ella. A la izquierda de mi box estaban los dos box detrás de la puerta, otra puerta en la que me pareció ver una cocina, un escritorio azul bastante incómodo con un computador, y dos puertas, a saber, baños para hombres y mujeres.

Pasaron varios minutos. Al principio me mantuve en mi box, pensando en respetar las normas del lugar. De a poco empecé a dar pasitos afuera. Uno que otro, para empezar. Al rato, me paré en la separación de los box del frente, para ver qué había en los box a los lados del mío. En el de mi derecha había una jovencita acostada, acompañada de alguien que parecía ser su novio. Hablaban a susurros entre ellos, a ratos reían. Estaban tranquilos. Los había visto en la sala de espera. Ella era estudiante de la universidad y se había quebrado el brazo y la mano izquierdos, y era zurda, por lo que todo se le hacía muy difícil. La vi firmar unos papeles con su huella digital.

En el otro box había una anciana bajita. Extremadamente bajita, para mi gusto. No me detuve a observarla, pero me pareció que tenía el cuerpo desproporcionado. Era chica, pero tenía la cabeza más chica de lo que uno supondría al ver su cuerpo, mientras que los pies eran demasiado grandes.

Volví a mi box. Había un cajón debajo de la maquina, esa de las boletas, que estaba desenchufada. Lo abrí y encontré un cuaderno azul, de esos medianos, con líneas y no de cuadros, roñoso y aparentemente viejo. Tan viejo no era. En él estaban anotados todos los pacientes que habían estado en ese box desde las 00:00 del 1 de enero del 2009. Uno por uno, con sus nombres completos, la hora de salida de casa uno, y el médico que los había atendido. No entendí todo lo que había en él. Entre la hora y el nombre había unas letras que me parecían azarosas. En todo caso, para anotar todos los datos se usaba el cuaderno abierto. En la hoja derecha estaba la hora, las letras, el nombre y unos números. En la hoja izquierda había más números, el nombre del doctor y palabras que no pude descifrar. Lamentablemente, no estaban las enfermedades de cada uno de los pacientes. Lo revisé un rato y lo guardé. El último nombre anotado era Juan Rosales Muñoz.

Apreté unos botones en la máquina desenchufada y no pasó nada. Me estaba desesperando. Desde que llegué al hospital habían pasado casi dos horas, y todavía no había tenido la oportunidad de explicarle a nadie lo que me pasaba en la garganta. Salí de nuevo al pasillo y me acerqué a la pizarra donde el gordo había anotado mi nombre. Todo lo que decía era “2 Amigdalitis”. Todavía no entiendo cómo supieron que era amigdalitis. El olfato médico, quizá.

Después miré el diario mural, que estaba lleno de informaciones que no me interesaban en lo absoluto, como el modo de trasladar pacientes a otro hospital, las últimas resoluciones del gobierno respecto a algunas leyes, listas con nombres, invitaciones a congresos, etcétera. En la mesita estaba el teléfono, la bandeja y un montón de papeles. Lo miré un poco y no encontré nada interesante. En eso se acerca una enfermera y deja un papel en la bandeja, poniéndolo debajo de los demás. Me miró y rápidamente le pregunté cuánto rato más tendría que esperar. Me dijo que los médicos estaban reanimando a un paciente, y que eso era motivo de más para llenarme de paciencia. Le creí.

Pasaron más minutos. Me desesperaba. Me senté en la camilla, mirando para allá y para acá, me di otras vueltas, me senté en la escalerita, me paré. De pronto pensé en cuántos médicos habían en urgencias para que todos ellos estuvieran reanimando al paciente y decidí averiguar. Me acerqué al portero y le comenté que, en realidad, esperar adentro o afuera era como lo mismo, sólo que afuera estaba más fresco. No me respondió.

-Oiga –le dije-, ¿cuántos médicos hay acá, en urgencias?-. Me miró casi enojado. Me dijo que no sabía, que no tenía por qué saber, que por qué le preguntaba eso a él, si le podía preguntar a ese enfermero que estaba más allá, o al gordo que estaba sentado al fondo, que él no tenía por qué responder ese tipo de preguntas, que él sólo tiene que llamar a los pacientes y ayudarlos a desplazarse si es menester. –Bueno, bueno, no se ponga a la defensiva, pues.

Volví a mi box. Encontré que la mejor forma de sentarme era en la escalera, apoyando un brazo sobre la camilla, y mi cabeza sobre el brazo. Estaba enrabiado, ya. Faltaba que me dijeran cualquier cosa para mandarlos a todos a la mierda. Me di otra vuelta, viendo unas fotos que colgaban de las paredes, alabando la imponderable tarea del hospital clínico más grande de Chile. Extendí un poco el recorrido y pasé frente a la sala de reanimación, cuya puerta, para mi sorpresa, estaba abierta. Miré y no vi nada. Vi una pared, y no me atreví a asomarme. No se escuchaba nada dentro, por lo que concluí que mi consulta estaba pronta a comenzar y volví rápidamente a mi box, tomando la posición ya mencionada.

Estaba conteniendo mi rabia, ya cerca del llanto, cuando escuché que se cerraba la cortina. Había un médico joven, de unos 28 años, haciéndolo. Me levanté y le extendí la mano, para saludarlo. Me preguntó mi nombre, me dio el suyo y me preguntó que qué me pasaba.

-Me duele mucho la garganta, creo que es amigdalitis. Pero me duele mucho, mucho a ratos, al punto de que no puedo ni tomar agua tranquilo.- En ese momento sonó el celular del médico. –Hoy en la mañana me comí medio pan y fue muy, muy doloroso, tengo hinchado acá –me toqué el mentón mientras el doctor sacaba su teléfono –y ni siquiera puedo…-tómo el teléfono, me hizo un gesto rápido y salió del box, a contestar.

Me llené de rabia inmediatamente. Lo odié. Me agarré la cabeza, desesperado, a punto de salir y decirle que se metiera su cagá de consulta por la raja. Me estaba apretando la frente cuando volvió a entrar y me hizo un gesto como de ‘¿en qué íbamos?’. Me puse de pie (había estado apoyado en la camilla) como para demostrar mi superioridad, para mirarlo para abajo, para que le doliera; me paré incómodamente cerca y le dije:

-Oe. ¿Sabís qué? Si trabajarai en una clínica privada no te atreveríai a contestar el teléfono en medio de una consulta. No lo haríai ni cagando.

Lo miraba a los ojos, fijamente. El esquivó la mirada y me dijo “Sí… tienes razón…”. “Sí po,” le dije yo, “pero éste es un hospital no más”. Asintió un poco. Me miró para arriba y me pidió, tímidamente, casi asustado, si podía abrir la boca, mientras movía un poco su linterna y su paleta de madera, mostrándomelas. “Claro”, le dije, y sin dejar de mirarlo para abajo abrí la boca tan grande como pude y bajé la lengua para que pudiera mirar bien. Estaba yo con mi boca abierta tan cerca y arriba de él que tuvo que poner la linterna muy cerca de su cara.

De ahí en adelante la consulta fue agradable. Los dos habíamos sido pesados, los dos estábamos choreados, y seguimos con el asunto. Me miró la garganta otro poco y me pidió que me recostara. Me tocó el cuello y el mentón, preguntándome dónde dolía y dónde no. De pronto me empezó a desabrochar la camisa. Levanté la cabeza y le miré las manos, primero, y la cara después. Hice un gesto de incomprensión con las manos y me pidió que lo hiciera yo. Así que ahí estaba yo, de espaldas, con la camisa abierta, y con un desconocido manoseándome el pecho, la guata, un poco de la espalda. Me di cuenta, una vez más, que las manos de los médicos son agradables. Me tocaba precisa y suavemente, preocupado. Después me sacó la camisa y me puso de guata, tocándome la espalda. Le pregunté por qué lo hacía y me dijo que, en general, las amigdalitis no tratadas pueden avanzar hacia los pulmones o hacia otros órganos, sólo estaba descartando avances. Me tocaba, me apretaba un poco y me hacía respirar hondo. Después me fue poniendo el estetoscopio por toda la espalda. Me tocó los riñones. Me puso de espaldas de nuevo y me escuchó el pecho por todas partes. Después me hacía respirar hondo y me apretaba la guata, poco a poco, por todas partes.

Yo, por lo menos, no sentí ninguna insinuación sexual de parte del doctor, como me comentaron un par de personas después. Pero la preocupación que demostraban sus manos fue suficiente para que el asunto del teléfono no me molestara. Igual se preocupó de mí. Me atendió y me recetó analgésicos. En realidad me ofreció una inyección rápida y dolora ahí mismo, o tomar pastillas por 3 días; elegí las pastillas. Fue a buscar una receta y se demoró un poco, no más de la cuenta, pero de todas maneras se disculpó al volver. “Disculpa la demora”, me dijo. Me contó que los analgésicos sirven, sobretodo, para desinflamar; que mi amigdalitis es viral, no bacterial, y que por eso no me recetaba antibióticos.

Me pasó la receta, nos dimos amablemente la mano y, justo antes de salir yo del box, me tocó el hombro, fuertemente, y me dijo:

-Disculpa… disculpa por lo del teléfono.
-Filo, weón –le respondí.

(Al irme del recinto universitario-hospitalario me perdí un rato, no sabía bien por dónde ir. Quería salir por la salida de Independencia, porque por Recoleta ya había pasado, y estuve como 25 minutos dándome vueltas. En eso voy pasando por afuera de una ventana que daba a una escalera. En la ventana había un niño y una niña que no eran ni Sebastián ni Francisca. “¡Caballero!” me gritaron. Los miré y me pidieron que recogiera su pelota, mientras apuntaban hacia un poco de pasto que había bajo la ventana, que era alta: había unos dos metros de pared debajo de ella. Me acerqué y no vi nada. “¿Qué pelota?”, les pregunté. Ellos decían “esa, esa” y apuntaban al suelo. Seguí sus deditos y vi una pelotita, de unos 3 centímetros de radio, de un rosado furioso. La recogí y se las iba a pasar. “Son dos, nos tiene que pasar las dos”, me dijeron y apuntaron de nuevo. Seguí de nuevo los deditos y encontré otra. Esta era verde, furiosamente verde. Se las pasé, me agradecieron, sonreí y me fui. Seguí caminando y, al rato, me di vuelta, a ver en qué estaban los niños. Estaban así, sentados todavía en la ventana, conversando o algo, pero no jugando con las pelotas).

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